J.G. Ballard escribió su autobiografía. En ella cuenta, entre otras cosas, que mientras se entrenaba como piloto de la RAF en una base de Canadá rodeada de planicies nevadas y pistas congeladas, comenzó a descubrir que además de querer ser escritor, iba a entrar a la literatura a través de la ciencia ficción.
“Aquí había una forma de ficción que era sobre el presente, y con frecuencia tan ambigua y elíptica como Kafka. Reconocía un mundo dominado por la publicidad y el consumo, de un gobierno democrático que mutaba en uno de relaciones públicas. Este era un mundo de autos, oficinas, autopistas, aerolíneas y supermercados donde en realidad vivíamos, pero que estaba completamente ausente de casi toda la ficción seria. Ningún personaje de las novelas de Virginia Woolf le cargaba nafta al auto. Nadie en las novelas de Sartre o Thomas Mann pagaba por un corte de pelo. Nadie en las novelas de posguerra de Hemingway se preocupaba por los efectos de una exposición prolongada a la amenaza de la guerra nuclear.”
Si bien comparto lo que dice Ballard sobre los temas que trata la ciencia ficción, hay que reconocer que a la mayoría de los autores que la han perpetrado a lo largo del siglo pasado les faltó bastante como para escribir como una Woolf, un Hemingway o tener la lucidez de Kafka. Pero los pocos que se salvan, bien valen la pena.
Estoy seguro de que el recientemente desaparecido Satnislaw Lem hubiera opinado sobre Ballard lo mismo que dijo una vez sobre P.K. Dick comparándolo con otros autores de SF, que era un visionario entre los charlatanes.
La comparación utilizando “…like some…” + deranged, derelict, dilapidated o algún otro adjetivo que remita a la degradación y al abandono debería ser fijada en la literatura como ballardiana, así como hablamos de Kafka cada vez que pensamos en la eterna postergación.
“Aquí había una forma de ficción que era sobre el presente, y con frecuencia tan ambigua y elíptica como Kafka. Reconocía un mundo dominado por la publicidad y el consumo, de un gobierno democrático que mutaba en uno de relaciones públicas. Este era un mundo de autos, oficinas, autopistas, aerolíneas y supermercados donde en realidad vivíamos, pero que estaba completamente ausente de casi toda la ficción seria. Ningún personaje de las novelas de Virginia Woolf le cargaba nafta al auto. Nadie en las novelas de Sartre o Thomas Mann pagaba por un corte de pelo. Nadie en las novelas de posguerra de Hemingway se preocupaba por los efectos de una exposición prolongada a la amenaza de la guerra nuclear.”
Si bien comparto lo que dice Ballard sobre los temas que trata la ciencia ficción, hay que reconocer que a la mayoría de los autores que la han perpetrado a lo largo del siglo pasado les faltó bastante como para escribir como una Woolf, un Hemingway o tener la lucidez de Kafka. Pero los pocos que se salvan, bien valen la pena.
Estoy seguro de que el recientemente desaparecido Satnislaw Lem hubiera opinado sobre Ballard lo mismo que dijo una vez sobre P.K. Dick comparándolo con otros autores de SF, que era un visionario entre los charlatanes.
La comparación utilizando “…like some…” + deranged, derelict, dilapidated o algún otro adjetivo que remita a la degradación y al abandono debería ser fijada en la literatura como ballardiana, así como hablamos de Kafka cada vez que pensamos en la eterna postergación.

